TEXTO CURATORIAL: A CONTRACORRIENTE

Juan Román

1.

La palabra contracorriente indica el sentido con­trario hacia el que van las cosas. Dice del hacer en el silencio del campo cuando el bullicio oficial ya está lejos. Habla de salir a los caminos para encontrar los vacíos que la política pública dejó a su paso, para hilvanar con el proyecto un frente contra el olvido.

Así, a contracorriente, se ha realizado un conjunto de pequeñas arquitecturas que, dis­puestas sobre los pliegues del Valle Central de Chile, dibujan una filigrana de lugares que aco­gen la presencia de los campesinos y sus familias frente al paisaje. Son el trabajo de jóvenes que debieron concebirlas, financiarlas, diseñarlas y construirlas para obtener su título de arquitec­tos. Tienen en común —porque, en general, no se conocen entre ellos— ser de ahí, de ese territorio al que regresan educados y capaces, con una obra que no pretende ser social sino parte de un proceso educativo, que aporta a ese territorio, frente a las culturas globales, un relato regional no costumbrista.1

Las obras son paradores, miradores y come­dores. Los hay prácticos y ensoñados, efímeros y permanentes, explícitos y abstractos. Están construidos con los restos de diversos procesos agrícolas, como mallas, tablas, contenedores y pallets, y de procesos forestales, como la tapa y otros cortes de desecho. Puesta en manos del arquitecto, toda la materia genera un sistema cons­tructivo muchas veces original, destinado a acoger la presencia de esos campesinos, que bien pueden ser sus abuelos quienes, cuando jóvenes, también construyeron ese territorio con lo que había.

 

 

 

 

2.

La palabra territorio, dice André Corboz,2 tiene tantas definiciones como disciplinas relacionadas con él. Pone de ejemplo, en un extremo, a los abo­gados, cuya definición no se ocupa más que de la propiedad y los alcances que de ella se derivan. En el otro extremo, instala a los especialistas en ordenación, quienes toman en cuenta factores tan diversos como la geología, la topografía, la hidro­grafía, el clima, la cubierta forestal y los cultivos, las poblaciones, las infraestructuras técnicas, la capacidad productiva, el orden jurídico, las divi­siones administrativas, la contabilidad nacional, las redes de servicio y las cuestiones políticas, no sólo en la totalidad de sus interferencias, sino de manera dinámica, en virtud de un proyecto de intervención. Entre estos dos polos —lo simple y lo hipercomplejo les llama—, considera toda la gama restante de definiciones: la del geógrafo, el sociólogo, el etnógrafo, el historiador de la cul­tura, el zoólogo, el botánico, el meteorólogo, los Estados mayores, etcétera.

La cita de Corboz sirve para insertar aquí la relación que ha de haber entre el arquitecto y el territorio, como el afán que pretende estar detrás del Pabellón de Chile en la 15a. Bienal de Arqui­tectura de Venecia que, al no incluir de manera explícita al arquitecto en su ejemplificación, deja por delante un espacio amplio para la reflexión. Así, las obras de arquitectura que se presentan han de entenderse como parte de una hipótesis que busca definir la relación entre el arquitecto y el territorio, formulada desde esa lógica proyec­tual de prueba y error que parece caracterizar nuestra profesión. Por esta lógica, se considera que un verbo debe mediar entre el arquitecto y el territorio, y sin duda, de manera simétrica, entre el territorio y el arquitecto. Proteger, explo­tar e invadir, por mencionar algunos, son verbos que logran definir un sujeto y un territorio si son colocados entre ambos. Sustantivan al sujeto y adjetivan al territorio: sujeto protector y terri­torio protegido, sujeto explotador y territorio explotado, sujeto invasor y territorio invadido. El verbo planificar no estaría en la clave de solu­ción del problema planteado, pues su adopción significaría que el arquitecto, en efecto, plani­fica el territorio, cosa por completo discutible, si no falsa. El ejercicio de la planificación aparece como una opción vocacional distinta de aquella primera que lleva a estudiar arquitectura. Esto atiende principalmente a que los tiempos de rea­lización de la planificación distan, por extensos, de la cotidianeidad tanto de la profesión como del territorio, del día a día del habitar.

La palabra habitar, en ese sentido, parece una buena palabra, un buen verbo para definir la relación entre arquitecto y territorio, porque hallar la forma del espacio habitable está dentro de las competencias específicas de un arquitecto. Pero la expresión “habitar el territorio” es la que tal vez define mejor un espacio de acción. “Habi­tar” —a secas— tiene connotaciones distintas de las que sugiere “habitar el territorio”, más ricas y complejas. “Habitar” presenta a un sujeto, en tanto “habitar el territorio” implica un sujeto y un predicado, lo que por sí mismo estimula una perspectiva que atiende al territorio como objeto de una construcción, como un proyecto colectivo. Como también dice Corboz, no hay territorio sin imaginario del territorio, pues al ser un proyecto, el territorio está semantizado, es susceptible de discurso, tiene un nombre.

La palabra discurso, sin embargo, remite a uno que habla y muchos que escuchan, a diferencia de relato, que también remite a lo colectivo. Dice Roland Barthes3 que el relato está presente en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las sociedades; que el relato comienza con la his­toria misma de la humanidad y que no hay ni ha habido jamás en lugar alguno un pueblo sin relatos. Afirma que el relato está presente en el mito, la leyenda, la fábula, el cuento, la novela, la epopeya, la historia, la tragedia, el drama, la comedia, la pantomima, el cuadro pintado, el vitral, el cine, las tiras cómicas, las noticias poli­ciales, en la conversación que se deja llevar por el lenguaje articulado, oral o escrito, por la imagen, fija o móvil, por el gesto y por la combinación ordenada de todas estas sustancias.

Puestos ahí, en una enumeración de disciplinas que no incluye a la arquitectura de manera explí­cita, la pregunta puede ser cómo aporta la arqui­tectura al relato del territorio. Es evidente que no hay que darle tantas vueltas. El relato de un territorio residirá en la arquitectura de manera más que significativa, sobre todo en la arquitec­tura de gran formato. Entonces, queda atender a una vocación por la construcción de abajo hacia arriba, de lo pequeño a lo grande, prestar atención al pequeño formato, a lo cotidiano del territorio, al espacio al que pertenecen las obras que presentamos aquí.

3.

La palabra centrípeto nomina la fuerza que acerca a las partes y que provoca su disposición deter­minada en el espacio. Si enfatizamos la analogía con el fenómeno físico, lo centrípeto es antónimo de lo centrífugo, que separa las partes. El resul­tado de esta fuerza puede ser lo compacto, lo condensado, lo concentrado. La acción opera al reunir en una pequeña superficie o volumen a la materia que se encuentra esparcida en una super­ficie o volumen mayor. Esta idea que se potencia al referirla a un territorio pleno de construcciones espontáneas, todas portadoras de una expresi­vidad matérica que las lleva a alcanzar un valor arquitectónico.

En el Valle Central de Chile, territorio en el que se emplazan las obras expuestas, es posible identificar al menos tres preexistencias a las cua­les referirse. La primera corresponde a las cons­trucciones que los campesinos erigen con los materiales que encuentran en un radio cercano al lugar que habitan —corrales, bodegas y refugios de animales—, vinculados de maneras tan sim­ples como amarrar y superponer, lo que da lugar a la idea de expresividad constructiva. La segunda apunta a las construcciones tradicionales, en las que se incluye la casa principal —construida con barro y paja del lugar en forma de adobe, que privilegia el lleno sobre el vacío y constituye el muro alto, largo y texturado— que define tanto a la vivienda como a la bodega y al predio en un elemento arquitectónico propio de ese terri­torio.4 La tercera preexistencia son los acopios agrícolas en los que los productos vegetales se apilan, como el maíz, se cuelgan, como las hojas de tabaco, o se esparcen, como el ají, para secar­los al sol,5 y se convierten en elementos caracte­rísticos del paisaje.

Por el contrario, la palabra centrífugo nomina la fuerza que aleja a las partes y que provoca una manera de disponerlas en el espacio. Si enfatizamos la analogía con el fenómeno físico, lo centrífugo resulta antónimo de lo centrípeto, que junta las partes. El resultado de esta fuerza puede ser lo disperso, lo fragmentado, lo prolongado. La acción coloca en una gran superficie o volumen la materia que hasta entonces se encontraba reu­nida en una superficie o volumen tanto menor.

En cuanto a la arquitectura y el territorio, la idea de lo centrífugo puede aplicarse a la casa de la familia Rojas, que corresponde a una dispo­sición de volúmenes por entre los cuales, desde un exterior ajeno hacia un interior controlado, se cuela el territorio. Estos campesinos viven en Cur­tiduría, un pueblo de 500 habitantes ubicado a una hora de Talca. La distribución de los cuerpos parece obedecer a una incorporación sucesiva que atiende a procesos tanto sanitarios como econó­micos y familiares. Sanitarios porque dada la falta de alcantarillado, el excusado es un hoyo exca­vado en el suelo y alejado de la casa. Económicos porque la vivienda es una unidad que si bien se complementa por alguna otra actividad remune­rada, provee parte importante de sus insumos por medio del cultivo de vegetales, la crianza de animales y la producción de vinos o leña, cuyos excedentes se venden al menudeo. Algunos de esos volúmenes corresponden a gallineros, chi­queros o techumbres para proteger la leña. Los procesos familiares, como la extensión de la des­cendencia, dan lugar a la suma de volúmenes que —desde el dormitorio para una hija y su marido— mantienen el uso común de baño, cocina, estan­cia y comedor. El decrecimiento de la familia por la muerte de padres o abuelos pone en marcha una lógica de reemplazo, en la que alguno de los hijos que ya habitan ahí pasa a ocupar la casa de aquéllos. Esa lógica de agregación abarca también la construcción de la vivienda. Partes de adobe coexisten con otras de madera y algunas de plás­tico, según lo que esté disponible y accesible al momento de la ejecución. Esa variedad material resulta en un paramento que conjuga diversos pla­nos de cerramiento, pues por lo regular los mate­riales se encuentran superpuestos y asumen cada cual un papel distinto: el adobe como estructura y cerramiento a la temperie; el plástico, para pro­teger el adobe del agua de lluvia, y los palos o las ramas, para mantener el plástico próximo al adobe. Se trata de una vivienda que, por precaria, lleva a imaginar la pobreza de sus ocupantes, sin embargo, esto rara vez es cierto. Estamos frente a una manera de vivir que atiende a una cultura que privilegia la vida en ese espacio y no acepta su definición como interior o exterior, simplemente es la vivienda en la que se convive con la familia, los animales y la siembra, en la que la comida es más relevante que el comedor.

Con base en las dos dinámicas descritas han de entenderse las obras presentadas en el Pabe­llón de Chile. Condicionadas por su pequeño formato, recurren en un primer momento a lo cen­trípeto para concentrar la materia existente en las proximidades del sitio en el que se emplazan, y en un segundo momento aluden a lo centrífugo para articular el tejido del habitar y aportan de lo pequeño a lo grande al relato de ese territorio.

Talca, Chile, 2016.

1 Beatriz Sarlo, “Fin del mundo”, Diario Perfil, 31 de marzo de 2012, http://www.perfil.com/ediciones/colum­nistas/Fin-del-mundo–20124-664-0004.html.

2 André Corboz, “El territorio como palimpsesto”, en Lo urbano en 20 autores contemporáneos, ed. Angel Martín Ramos. Barcelona: Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona/Universitat Politècnica de Catalunya, 2004, p. 25-26.

4 Roman, Juan, “About Material and Territory”, Archi­tectural Guide Chile, Berlin: Véronique Hours, Fabien Mauduit. DOM Publishers, 2016.

5 Roman, Juan, “About Material and Territory”, Archi­tectural Guide Chile, Berlin: Véronique Hours, Fabien Mauduit. DOM Publishers, 2016.